Las plantas parecen seres anodinos que simplemente están ahí, alimentándose de luz y agua y creciendo en silencio. Nadie podía sospechar que las plantas pudieran enviarse mensajes unas a otras. Fue por ese motivo que, en los años 80 un fenómeno despertó la curiosidad de los biólogos I. T. Baldwin y J. C. Schultz.

Sucedió en Sudáfrica. Cientos de kudus, un tipo de antílope, murieron a causa de las hojas de acacia, su fuente habitual de alimento. Para defenderse, las hojas de acacia producen un tipo de molécula llamada tanino, astringente y con la capacidad de desactivar las proteínas. Normalmente, los niveles de taninos no son tan elevados como para dañar a los antílopes, pero durante la época de sequía, y tras un fuerte evento de depredación de los herbívoros, las plantas produjeron concentraciones tan elevadas de taninos que inutilizaban las enzimas del hígado de los kudus. Murieron en pocas semanas.

La respuesta de las plantas a los efectos del estrés, como la depredación, ya se conocía. Sin embargo, sucedió algo aún más sorprendente: todas las plantas de la población habían producido la sobredosis, no solo aquellas que habían sufrido la depredación.

Se estaban comunicando.

Un paréntesis sobre el comportamiento de las plantas

Antes de entrar en el fondo de esta cuestión tan fascinante es importante dejar claro que las plantas carecen de sistema nervioso. No funcionan como los animales. De hecho, si nuestro funcionamiento bioeléctrico se podría equiparar a la instalación eléctrica de una casa, el funcionamiento de las plantas se parece más al sistema de fontanería. Las plantas producen sustancias químicas que se mueven a través de haces vasculares a otras zonas de su organismo, generando resultados diferentes.

Aclarar esto es importante, porque cuando hablamos de comunicación, o de percepción, de reacciones, de anticipación o de cualquier otro comportamiento de las plantas, estamos ante fenómenos radicalmente distintos a los nuestros, que han evolucionado de forma independiente, y que funcionan de forma análoga. Resultados similares, pero muy distintos en su origen. Es importante, por lo tanto, tener en cuenta que se utiliza el lenguaje como un símil de aproximación, y no como una definición exacta. No debemos caer en la antropomorfización de las plantas.

Plantas ‘gritando de dolor’

Regresemos al escenario de Sudáfrica. Como adelantábamos, todos los árboles de acacia de la población habían producido una sobredosis de taninos letal para los kudus, incluso los que no habían sufrido el ataque de los herbívoros. Pero no todos lo hicieron por igual; cuanto más cerca estaba un árbol de otro que sufrió el efecto depredador, más taninos acumulaba en sus hojas, anticipándose así al ataque de los kudus. Y aunque se suele pensar que los procesos en las plantas son lentos, en este caso era sorprendentemente rápido: la sobredosis de taninos se podía producir en menos de media hora.

No solo se estaban comunicando, sino que mostraban un sistema de comunicación rápido, eficaz, que irradiaba del árbol ‘agredido’ hacia sus vecinos. Como sucede con una alarma, cuanto más se alejaba de la fuente, más se debilitaba el mensaje y menos estado de alerta generaba en los árboles. Se descubrió que la clave estaba en el etileno, una molécula volátil que las acacias agredidas emitían al ambiente, y que se difundía a la atmósfera, induciendo en las acacias receptoras la formación de defensas. Cuanto más cerca del árbol agredido, más concentración de etileno en la atmósfera, y más fuertes las defensas.

Avisando a otras especies

¿Quién no ha olido el aroma del césped recién cortado? Un olor característico, muy fácil de identificar, que suele resultar agradable. Pues bien, ese aroma es el grito de alarma de las plantas.

Como sucedía con las acacias atacadas por los kudus, cuando las plantas que conforman el césped son cortadas, emiten sustancias químicas volátiles que se difunden rápidamente en la atmósfera y las plantas vecinas ponen en marcha sus sistemas de defensa casi de forma inmediata.

Pero esta emisión tiene una segunda función mucho más práctica: atraer a depredadores. Muchos cazadores emplean el olfato para cazar y saben por experiencia que donde hay un rastro de hierba cortada, hay un herbívoro comiendo, y por tanto, vulnerable. Y como el olor se difunde rápidamente en la atmósfera, es poco probable que el depredador llegue tarde.

Este mecanismo funciona muy bien en el pequeño mundo de los insectos. Algunas plantas, como la milenrama, el tanaceto o el diente de león, emiten un olor que atrae a las mariquitas cuando son atacadas por pulgones, su presa predilecta. Y cuando una oruga de mariposa o un escarabajo ataca, el olor de la planta atrae a los taquínidos, un tipo de mosca que pone los huevos en estos animales, y sus larvas los parasitan.

En animales más grandes también funciona. Y volvemos al césped recién cortado: su aroma atrae a mamíferos depredadores, como comadrejas, martas, gatos o zorros, todos ellos muy eficaces para deshacerse de un roedor, un conejo o una liebre molesta. Con una ventaja adicional: los mamíferos son lo suficientemente inteligentes como para asociar el olor con el riesgo de aparición de depredadores, y si el suceso se repite, solo con percibir el aroma, el reflejo pavloviano se dispara y huye, dejando a la planta agredida, y a todas las del entorno, en paz.

Comunicación con fines reproductivos

Los olores representan un método de comunicación muy eficaz. Para las plantas, seres vivos incapaces de moverse pero con un metabolismo secundario extraordinariamente complejo, que las convierte prácticamente en laboratorios de síntesis vivos, las moléculas volátiles no son difíciles de fabricar y emitir. Y para los animales que gozan de sentido del olfato son fáciles de percibir, identificar y seguir.

Las plantas emplean los aromas no solo para alertar a los depredadores de una presa potencial, sino también los utilizan para comunicarse con animales que puedan ser polinizadores.

Para reproducirse, las plantas necesitan que el grano de polen viaje de una flor a otra, y muchas requieren de los servicios de animales para llevar a cabo esta gestión. Si una planta precisa ser polinizada por moscas que, normalmente, se alimentan de restos de carne en estado de descomposición, su flor emitirá un aroma hediondo y putrefacto —como la flor lagarto, Orbea variegata—. Por otro lado, las labiadas suelen necesitar abejas o abejorros para ser polinizadas, de ahí los aromas dulzones y melosos, además de ofrecer a los insectos fluidos azucarados y nutritivos, que llamamos néctar.

Las plantas, que parecían seres anodinos que están ahí, alimentándose de luz y agua y creciendo en silencio, tienen capacidades muy superiores como la anticipación y la comunicación activa con otras plantas, y con otros seres vivos. Cada vez que percibimos el aroma del césped recién cortado o el olor agradable de una flor, nos convertimos en testigos inadvertidos de un diálogo esculpido por el proceso evolutivo, en el que cada brizna de hierba susurra los secretos de una forma de comportamiento absolutamente distinta a la nuestra, pero de la que somos partícipes.

Vía Muy Interesante

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