GINO KIKUNAGA, LA HISTORIA DEL FORMADOR DE MODELOS

Jul 5, 2026

Gino convirtió una pasión de niño, alimentada por la televisión brasileña, en una carrera que le ha dado al departamento cuatro coronas nacionales y un lugar en la historia de la moda regional.

Gino Kikunaga llega puntual a la cita. No es casualidad. La disciplina, dice, es una de las pocas herencias que le dejó su bisabuelo japonés, aquel hombre que un día decidió cruzar el océano para casarse con una cruceña y fundar una estirpe que, décadas después, pondría el nombre del Beni en lo más alto del mapa de la moda y los concursos de belleza en Bolivia.

Tiene 42 años. Su apellido delata el origen nipón que ha arrastrado como una marca indeleble. «Kikunaga», corrige con paciencia, «aunque hasta en las tiendas me ponían Kikunagua». Nació en Guayaramerín, esa ciudad fronteriza que mira al Brasil y respira portugués sin proponérselo, y es allí donde germinó una vocación que ni su propio padre supo comprender al principio.

Su mundo no es el de los libros de contabilidad que estudió en la universidad. Es el de las pasarelas, los reflectores, las coronas y las modelos que aprenden a caminar con la seguridad de quien sabe que la belleza, bien administrada, puede ser un vehículo para contar historias.

Todo comenzó frente a una pantalla. En Guayaramerín, antes del internet, los canales brasileños eran la única ventana al mundo. Gino, adolescente, se sintió cautivado por los desfiles de moda, los concursos de belleza, las producciones impecables de la Rede Globo. «Había gente que se apasionaba por el fútbol. Yo no me perdía un solo reality de moda», confiesa.

El primer gran examen llegó por casualidad. Su hermana Marina ganó el título de Miss Guayaramerín y se preparaba para competir en el Miss Beni. Gino asumió el rol de asesor sin más herramientas que lo que había visto en la televisión brasileña. Le enseñó postura, presencia, cómo caminar, cómo enfrentar una entrevista. El resultado fue demoledor: en el certamen de 2003, su hermana, de apenas 1,64 metros, se llevó siete títulos previos y quedó finalista. «Ahí me di cuenta de que tenía talento para esto», recuerda. «Una buena asesoría y una candidata disciplinada pueden más que el vestido más caro».

Ese éxito le abrió puertas. Candidatas de Santa Ana y San Borja comenzaron a contratarlo. Se convirtió en asistente de la Organización de Promociones Gloria, que manejaba la franquicia del Miss Beni. Pero su verdadera consagración llegó en 2009, cuando creó Amazonía Moda. Cansado de ver escenarios de «cumpleaños» con telas y letras de plástico, invirtió en una producción que parecía importada de otro país. Reclutó al artista local Carlos Soleto, «Caletto», para diseñar una escenografía en 3D con iluminación LED. El impacto fue inmediato.

Gino impuso reglas profesionales. Exigió colecciones completas, no trapos sueltos. Les dijo a las modistas locales que una cosa es ser costurera y otra diseñadora. «Se molestaron, me querían matar», admite. «Pero no iba a bajar el nivel. Mi visión era internacional». Esa terquedad le atrajo el interés de productores y medios de Santa Cruz. Para la segunda versión, ya tenía el respaldo de PAT y diseñadores de la talla de Rosito Hurtado, traído desde Miami. Amazonía Moda creció año a año, opacando incluso al Miss Beni.

Fue ese éxito el que llamó la atención de doña Gloria. Vio que Amazonía Moda «dejaba chiquito» a su certamen y le ofreció la dirección del Miss Beni. Han pasado diez años y el balance es contundente: varias coronas nacionales y una gestión que transformó el concurso en un vehículo de promoción turística. «Siempre dije que el Miss Beni debía ser rotativo, viajar por las provincias», explica. Este año, en su décimo aniversario, logró su sueño: llevar la noche final a Guayaramerín.

El mundo de las misses, advierte, no es un cuento de hadas. «Las modelos son más fáciles: firman un contrato y cumplen. Las misses conviven quince días, un mes. Hay celos, ambiciones». Ha visto de todo: candidatas que esconden zapatos, peleas físicas y hasta prácticas de brujería. «Velas, santos ríos, todo con tal de ganar», cuenta con incredulidad. También ha debido lidiar con el acoso político. Durante el certamen en Guayaramerín, en plena campaña, los candidatos se pegaban a las misses para sacarse fotos y luego lo amenazaban. «Fue una odisea».

El golpe más duro llegó con la pandemia. Gino no había ahorrado. Cada peso lo reinvertía en sus eventos. Cuando los bloqueos paralizaron todo, se quedó sin ingresos. «Mi padre me decía: ‘hijo, ahorra’. Pero si ganaba mil dólares, gastaba mil en hacer crecer el evento», reconoce. La lección fue dolorosa pero transformadora. Diversificó. Hoy su principal sustento es una lavandería que, con marketing digital y servicio a domicilio, se ha convertido en un negocio próspero. También tiene una línea de transporte a San Borja. «La pandemia me enseñó que no se puede depender de una sola cosa».

Gino Kikunaga es un hombre contradictorio. Japonés-beniano que habla portugués. Contador de profesión que vive de la estética. Padre de familia que sorteó celos y prejuicios. Emprendedor que chocó con la envidia de su propio departamento pero sigue firme. «Falta apoyo, falta que nos ayudemos. Hay mucha malicia. Pero yo sigo. Esto es mi pasión, no lo hago por dinero».

Mientras planea retomar el Amazonía Moda, Gino sigue construyendo legado. Una pasarela a la vez. Una corona a la vez. Una historia que demuestra que a veces los desvíos son el camino correcto.