Aunque nació en Chicago, el Papa León XIV —antes Robert Francis Prevost— lleva el Perú tatuado en el corazón. Los más de 20 años que vivió en el país no solo moldearon su carácter, sino que forjaron el perfil de «pastor con olor a oveja» que hoy lo define.
Para los peruanos, su elección como el primer pontífice estadounidense no es una casualidad: fue aquí donde aprendió a «meter los pies en el barro».
De misionero a defensor de los olvidados
Llegó en 1985 como un joven agustino de 30 años a Chulucanas, una zona rural del norte peruano. Callado pero decidido, pronto se ganó el respeto de las comunidades. Aprendió quechua, cabalgó por las montañas y compartió mesas humildes bajo techos de troncos. «Era un cura de los que trabajan con pico y pala cuando hay desastres», recuerda monseñor Guillermo Cornejo, su sucesor en la diócesis de Chiclayo.
Pero Prevost no solo fue un religioso de acción. En los años 90, mientras Perú sufría la violencia de Sendero Luminoso y la dictadura de Alberto Fujimori, alzó la voz. «Exigió que Fujimori pidiera perdón a las víctimas», destaca José Luis Pérez Guadalupe, exministro del Interior.
Su firmeza también se vio en el escándalo del Sodalicio de Vida, una congregación acusada de abusos. «Fue uno de los pocos obispos que escuchó a las víctimas y llevó el caso al Vaticano», afirma el periodista Pedro Salinas, cuya investigación ayudó a disolver el grupo.

Las tres etapas que lo convirtieron en Papa
Su vida en Perú se divide en tres actos. Primero, Chulucanas (1985-1987); luego, Trujillo, donde formó a nuevos agustinos durante una década convulsa; y finalmente Chiclayo, desde donde saltó a Roma. En 2014, Francisco —que lo conocía desde sus tiempos como arzobispo de Buenos Aires— lo nombró obispo de esta ciudad. «Hasta se nacionalizó peruano», revela Pérez Guadalupe.
El trámite, lleno de trabas burocráticas, requirió incluso la intervención del entonces presidente Ollanta Humala.
Un hombre de silencios que habla alto
«Era reservado, pero cuando actuaba, lo hacía con convicción», describe el padre Pablo Larrán, agustino español y su amigo por cuatro décadas. «No buscaba los reflectores, pero subía a su caballo para visitar comunidades olvidadas». Esa sencillez marcó su estilo. Hasta como cardenal, insistía en que lo llamaran por su nombre de pila: «Yo soy Roberto», le dijo a Larrán en su último encuentro en el Vaticano.
Su habilidad política también fue clave. Como vicepresidente de la Conferencia Episcopal, desafió al influyente Opus Dei y promovió una Iglesia más cercana, alineada con el proyecto de Francisco. «Tenía capacidad conciliadora, pero sin ceder en lo esencial», apunta Pérez Guadalupe.

El legado que Perú le dio al mundo
Hoy, mientras Roma celebra al nuevo Papa, Perú lo reclama como hijo adoptivo. «Sin su tiempo aquí, no sería el líder que es», sentencia Cornejo. Para muchos, su historia prueba que los verdaderos pontífices no se forman en palacios, sino entre la gente. «A las cosas de la vida, Prevost les da 15 minutos para entenderlas», reflexiona el padre Pablo. «Por eso es Papa».



