MUERE ANAS AL-SHARIF CORRESPONSAL DE AL JAZEERA EN GAZA

Ago 11, 2025


Anas Al-Sharif, periodista de 28 años, fue asesinado en un ataque selectivo israelí. Su voz, que narraba el dolor palestino, se apagó, pero su verdad sigue resonando globalmente.

La noche del 10 de agosto de 2025, la ciudad de Gaza volvió a teñirse de rojo y polvo. Un ataque aéreo israelí alcanzó una tienda de campaña que servía como refugio improvisado para periodistas. Allí, entre cámaras, grabadoras y cuadernos llenos de historias por contar, murieron al menos siete personas. Entre ellas, dos de los últimos corresponsales que seguían informando desde la Franja: Anas Al-Sharif, de Al Jazeera, y Mohammed Qreiqea.

Anas tenía apenas 28 años, pero su rostro y su voz eran conocidos por millones. Durante 22 meses, sin abandonar su tierra ni su misión, documentó el dolor de su pueblo. En sus reportajes se veían hospitales abarrotados, niños heridos, familias destrozadas por las bombas. No solo narraba los hechos: ponía rostro, nombre y contexto al sufrimiento.

Horas antes de morir, escribió en redes sociales: “Bombardeos ininterrumpidos… la agresión israelí contra la ciudad de Gaza se ha intensificado”. Fue su última advertencia al mundo. El ejército israelí admitió la autoría del ataque y justificó el asesinato acusándolo, sin pruebas, de ser miembro de Hamás y de atacar a civiles israelíes.

Según datos de Naciones Unidas, 232 periodistas han sido asesinados en la Franja desde el inicio de la ofensiva, y más de 380 han resultado heridos. Gaza es hoy el lugar más letal para ejercer el periodismo. Los chalecos azules que deberían proteger, se han convertido en marcas visibles para francotiradores y drones. “Nuestros chalecos nos están convirtiendo en objetivos. Es una sentencia de muerte”, denunció la reportera libanesa Christina Assi, quien perdió una pierna en un ataque similar.

La muerte en Gaza no llega solo con las bombas. Llega también con el hambre, la falta de agua, la ausencia de electricidad. Los periodistas que siguen ahí no solo cubren la hambruna: la padecen. Semanas antes de morir, Anas confesaba en redes: “Me tambaleo de hambre, tiemblo de cansancio y lucho contra el desmayo. Gaza está muriendo y nosotros estamos muriendo con ella”. Sus palabras, que ahora suenan como presagio, eran un grito que el mundo volvió a no escuchar.

Las condenas internacionales no han detenido los ataques. Reino Unido, Francia y Grecia han criticado públicamente la expansión militar israelí, pero sin imponer sanciones o medidas efectivas. En Israel, las grietas internas comienzan a mostrarse: cientos de manifestantes han salido a las calles de Tel Aviv exigiendo el fin de la guerra y la liberación de rehenes, bloqueando carreteras y encendiendo fogatas improvisadas.

Pero lejos de los micrófonos diplomáticos, la pérdida es más humana que geopolítica. Anas Al-Sharif no era solo un periodista: era un hijo, un amigo, un joven que decidió no callar cuando el miedo se convirtió en moneda corriente. Sus colegas lo describen como incansable, alguien que llegaba antes que todos a los lugares bombardeados y que siempre encontraba tiempo para preguntar por las familias de sus fuentes.

El Instituto Watson de la Universidad de Brown, a través del periodista Nick Turse, recuerda que el mundo depende cada vez más de corresponsales locales en zonas de guerra. Ellos trabajan sin la protección que suelen tener los enviados internacionales, con equipos mínimos y en condiciones extremas. En Gaza, el 46% de los periodistas asesinados murieron en la propia ciudad de Gaza; el 80% tenía entre 21 y 40 años. Jóvenes que arriesgan todo para que la tragedia no se pierda en el silencio.

La tienda de campaña donde murió Anas era, en esencia, una redacción improvisada. Un lugar donde la batería de una cámara podía ser más valiosa que una comida y donde cada conexión a internet era aprovechada para enviar imágenes al mundo.