Una operación militar de Washington en el mar Caribe reaviva la tensión internacional, tras ejercicios ofensivos y amenazas directas contra Caracas varios países latinoamericanos expresaron su repudio a estas actitudes de la administración Trump
Las maniobras militares de Estados Unidos en el mar Caribe han detonado un repudio mundial que no deja espacio para interpretaciones suaves. Desde el lunes, bombarderos estratégicos B-52H, enviados por el Comando Sur de la Fuerza Aérea estadounidense desde la base de Minot, realizaron una “demostración de ataque” directamente en una zona históricamente considerada bajo la órbita de soberanía y seguridad de Venezuela.
Washington lo presenta como parte de la operación Lanza del Sur, un despliegue militar activo desde agosto que se ejecuta bajo el argumento de combatir el narcotráfico en el hemisferio occidental. Según la versión de EE.UU., estas acciones “aportan seguridad y estabilidad” a la región, integrando bombarderos de largo alcance con aviones de combate en entrenamientos de movilidad rápida.
Sin embargo, el mensaje político y operativo es percibido de otra manera alrededor del mundo. La misma jornada, la Marina estadounidense confirmó vuelos nocturnos desde el portaviones USS Gerald R. Ford, el más grande del planeta, anclado desde hace semanas en esa área estratégica en pleno incremento de presiones contra el Gobierno venezolano. “La cubierta de vuelo nunca duerme”, declaró con tono desafiante el cuerpo naval, dejando ver un escenario de intimidación abierta.
El despliegue militar coincide además con visitas de alto nivel del Pentágono en el Caribe. El jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, participó en reuniones en Trinidad y Tobago, mientras que el secretario de Guerra, Pete Hegseth, aterrizó este miércoles en República Dominicana para fortalecer el cerco geopolítico bajo el pretexto antidrogas.
El propio presidente Donald Trump abonó la tensión desde el Air Force One, con un mensaje amenazante dirigido a Caracas: “Si podemos salvar vidas, si podemos hacerlo de la manera fácil, está bien. Y si toca por las malas, pues también”. Sus palabras confirmaron what muchos analistas ya advertían: la acción militar de EE.UU. en el Caribe no es meramente demostrativa, sino un paso calculado hacia un posible escenario de intervención directa.
Los antecedentes inmediatos de esta escalada han dejado un rastro de muerte. En el marco de la operación Lanza del Sur, se han ejecutado bombardeos a supuestas lanchas narcotraficantes con más de 70 víctimas fatales, sin pruebas públicas que respalden la acusación. Expertos en derecho internacional advierten que se trata de ejecuciones sumarias que violan múltiples tratados y normas que protegen la vida en tiempos de paz.
Caracas sostiene que detrás del discurso antidrogas existe un interés económico y político profundo. Para el presidente Nicolás Maduro, los ataques y amenazas buscan forzar un “cambio de régimen” y abrir la puerta al control extranjero de las mayores reservas de petróleo del mundo y los enormes yacimientos de gas venezolano. La reacción diplomática internacional muestra que esa interpretación logra cada vez más respaldo.
Informes de Naciones Unidas y de la propia Administración de Control de Drogas de EE.UU. descartan que Venezuela sea una ruta principal del narcotráfico hacia territorio estadounidense: más del 80 por ciento de los envíos ilícitos utilizan la ruta del Pacífico. Estos datos desnudan el vacío argumental del operativo militar, dejando en evidencia un objetivo geopolítico más que una prioridad de seguridad pública.
La condena internacional ha crecido a la par del despliegue bélico. Gobiernos como los de Colombia, México y Brasil denunciaron que la agresión vulnera la soberanía de Venezuela. Rusia y el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos calificaron los operativos como un atentado contra la legalidad internacional que pone en riesgo la paz regional.
