Por Marco Antonio Santivañez Soria
Periodista internacionalista
Durante años, estos personajes se vendieron como defensores del pueblo, como luchadores del proceso de cambio.
Masistas, evistas, arcistas, androniquistas… nombres distintos, caras iguales: todos vivieron del Estado, todos aprovecharon la izquierda como trampolín para enriquecerse.
Levantaban el puño izquierdo solo por estrategia; prometían justicia solo en apariencia. Mansiones, autos de lujo, cuentas bancarias llenas: la pobreza quedó atrás en menos de un parpadeo, mientras su retórica se mantenía intacta solo para la foto.
Hoy, cuando los partidos de izquierda son proscritos y las urnas ya no les aseguran impunidad, la verdad salta a la vista.
La lealtad que alguna vez pregonaron se convirtió en basura, y las frases “Traidores nunca, leales siempre” o “Ni cobardes ni traidores” quedaron enterradas bajo la alfombra. Todo por mantenerse relevantes. Todo por seguir en el juego. Todo por el poder y por seguir acumulando fortuna dentro la impunidad de la política.
El país entero es testigo de cómo estos oportunistas cambian de bandera con la misma facilidad con que cambiaron de vida. Antes atacaban al gonismo, al tutismo, al pazzamorismo, a cualquier espacio de derecha.
Hoy, se arrodillan ante ellos sin un atisbo de vergüenza, olvidando odios, enfrentamientos y juramentos. La coherencia política desapareció; solo queda la ambición y la desesperación por sobrevivir electoralmente.
Lo grotesco es que mientras ellos se acomodan en partidos que antes despreciaban, la izquierda paga las consecuencias de su traición.
No hay convicción, no hay ética: solo egoísmo y hambre de poder. La izquierda para ellos nunca fue proyecto ni causa; fue trampolín, fue oportunidad de acaudalar riqueza, de pasar de la mediocridad a la opulencia. La hipocresía que predicaban como doctrina hoy se convierte en escándalo.
A puertas de las elecciones subnacionales, los traidores buscan candidaturas como quien busca salvar su prestigio perdido, sin tener un poco de sangre en la cara. Cada alianza revela su esencia: no lucharon, no defendieron ideales; sobrevivieron.
Robaron sueños, traicionaron esperanzas y ahora se disfrazan de pragmáticos, cuando en realidad son oportunistas sin escrúpulos.
Pero la traición de unos no puede borrar la lucha de muchos. Porque mientras estos exfuncionarios venden su pasado y su palabra, hay quienes seguimos firmes en la izquierda.
Quienes comprendemos que la política no es una carrera por fortunas, sino un compromiso con la justicia social, la igualdad y los derechos de quienes siempre fueron marginados.
Quienes entendemos que la lealtad no es un eslogan, sino un principio que guía la acción diaria.
Nosotros continuamos, construyendo una izquierda real, una izquierda libre del veneno de los nuevos riquillos que traicionaron todo lo que tocaron.
Desde los barrios, desde las comunidades, desde las instituciones, seguimos avizorando un proyecto de sociedad más justo, más humano, más solidario.
No necesitamos mansiones ni lujos; nuestra riqueza está en la coherencia, en la dignidad y en la esperanza de millones que todavía creen en un cambio verdadero.
Que los traidores sigan su camino, abrazando la derecha y su codicia. Que sus nombres queden para la historia como advertencia.
Mientras tanto, la verdadera izquierda resiste, firme y consciente, recordando que los ideales no se venden, y que la política puede y debe servir a la justicia, no al bolsillo.
Sepan algo importante, en la derecha también traicionarán por sus apetitos personales y su amor a don dinero.,
Y al que le caiga el guante, que se lo chante.
Saludos de un zurdo de mierda.
