En una noche de fuego, comunidad y tradición, más de 5.000 porciones de patasca fueron cocinadas en 15 ollas gigantes durante 10 horas en el Cambódromo de Trinidad, reafirmando el alma colectiva del pueblo beniano.
En una noche cargada de símbolos y sabores, Trinidad fue testigo de una de las manifestaciones culinarias más profundas del oriente boliviano. El 15 de junio, mientras las brasas del Chope Asawo comenzaban a arder para el gran asado de reses, otro fuego silencioso cobraba vida: el que calentaba las 15 ollas gigantes donde se cocinaba la Patasca, uno de los platos más identitarios de la gastronomía beniana.
Desde las diez de la noche del domingo, grupos de cocineras populares, vecinos organizados y dirigentes barriales se reunieron en el Cambódromo para dar inicio a una faena que se extendió por más de diez horas.
Al compás de cuchillos cortando maíz, manos pelando cebollas y cucharones removiendo con paciencia, se fue cocinando mucho más que un plato tradicional: se cocinaba comunidad.
“La patasca no se hace a la carrera. Tiene su tiempo. Hay que esperar que el maíz reviente, que la carne se ablande como mantequilla, y que el fuego no decaiga nunca”, explicó doña Feliciana Ortiz, cocinera con décadas de experiencia en preparar este manjar que mezcla maíz pelado, carne de res, cuero y especias regionales.
El ambiente fue cálido. Las 15 ollas alimentadas por gruesos troncos de leña se mantuvieron burbujeando durante toda la madrugada, mientras alrededor crecía la expectativa. Desde la cuatro de la mañana, las primeras personas comenzaron a llegar al lugar con recipientes en mano, y poco antes del amanecer, una larga fila serpenteaba en silencio alrededor del Cambódromo.
La distribución inició alrededor de las 5:00 a.m. del lunes 16. A esa hora, la luna todavía dominaba el cielo de Trinidad, iluminando a cientos de familias que aguardaban su porción con paciencia y alegría. Voluntarios y dirigentes de barrios, muchos de ellos sin dormir, organizaban la entrega con orden y entusiasmo.
“El alma de esta fiesta está en la olla, y la olla se llena de pueblo”, expresó el alcalde Cristhian Cámara, quien no dudó en arrimar el hombro desde el inicio, removiendo cebollas, avivando el fuego y acompañando la cocción. Para él, la Chope Patasca representa “una tradición que no se perderá jamás”.
La jornada fue también una reafirmación del valor de lo colectivo. La comida, más allá del alimento, fue vínculo, historia compartida, resistencia cultural. Y en ese hervir lento de maíz y afecto, el Beni volvió a celebrar lo que lo hace único.


