Estados Unidos no les teme a las guerras. Les teme a las guerras que no puede ganar. Y hay dos naciones que han desafiado con éxito esa idea de invencibilidad: Vietnam, ayer. Irán, hoy.
Por Marco Antonio Santivañez Soria
Periodista revolucionario
Donald Trump volvió a encender la mecha del conflicto internacional. Esta vez, disfrazado de pacificador, anunció una supuesta tregua entre Irán e Israel que no tardó en ser desmentida por las autoridades de Teherán.
El presidente de Estados Unidos, con su habitual arrogancia, intenta imponer su relato al mundo, pero los hechos lo contradicen: Irán ha respondido con contundencia militar y diplomática, negando cualquier negociación con sus agresores. Y en ese gesto, emerge un eco histórico: el mismo miedo que hace medio siglo provocó el desastre de Vietnam, hoy se repite con otro nombre, en otro continente, pero con la misma soberbia imperial.
Estados Unidos no les teme a las guerras. Les teme a las guerras que no puede ganar. Y hay dos naciones que han desafiado con éxito esa idea de invencibilidad: Vietnam, ayer. Irán, hoy. El paralelo no es casual, es histórico.
Ambos pueblos, en contextos distintos, se han plantado frente al poderío militar más grande del planeta y han dicho: hasta aquí.
VIETNAM: LA GUERRA QUE SEPULTÓ LA OMNIPOTENCIA
La Guerra de Vietnam no solo fue una de las más sangrientas del siglo XX, sino también una de las más humillantes para el orgullo estadounidense. Entre 1955 y 1975, el gobierno de Estados Unidos, obsesionado con frenar el avance del comunismo en Asia, se embarcó en una guerra que ni comprendía ni podía controlar. Respaldó dictadores, financió golpes, masacró pueblos y, finalmente, tuvo que retirarse con la cabeza baja.
Vietnam del Norte, liderado por Ho Chi Minh, resistió con tenacidad durante veinte años. Con el respaldo del Vietcong y el apoyo logístico de la URSS, China y Cuba, enfrentó la ocupación estadounidense y sus aliados, entre ellos Corea del Sur, Australia y Tailandia.
La derrota fue brutal: más de 58.000 soldados estadounidenses muertos, millones de civiles vietnamitas asesinados, un país arrasado, y la opinión pública internacional indignada ante los crímenes de guerra cometidos por las tropas de EE.UU.
La retirada de 1973 fue la más clara expresión de derrota del ejército norteamericano desde su fundación. Fue un símbolo. Un mensaje para el mundo: el imperio también sangra.
Y ese trauma, hasta hoy, sigue vivo en la memoria de los halcones del Pentágono y en cada decisión que toma Washington cuando un país del sur global decide resistirse.
IRÁN: UN PRESENTE DE RESISTENCIA Y DIGNIDAD
Cambiamos de época, pero no de lógica imperial. En pleno 2025, la historia se repite. Irán, como Vietnam entonces, enfrenta hoy la maquinaria propagandística y bélica de Estados Unidos.
La diferencia es que hoy el teatro de operaciones es aún más complejo, con múltiples frentes activos, incluyendo el digital. Sin embargo, el objetivo sigue siendo el mismo: someter.
Donald Trump, en su segundo mandato, intenta mostrar músculo geopolítico mientras su retórica mesiánica lo pinta como el salvador de Oriente Medio. Pero esta vez, su intento de imponer un relato de paz fracasó estrepitosamente.
Al anunciar un supuesto alto al fuego entre Irán e Israel, lo único que consiguió fue quedar expuesto: el gobierno iraní lo desmintió en menos de una hora. No hay tregua. No hay acuerdo. Solo guerra, y una decisión firme de defender la soberanía nacional.
Mientras Trump hablaba de paz, Irán bombardeaba bases militares estadounidenses en Catar. El operativo, bautizado BENDICIÓN DE LA VICTORIA, no solo fue una respuesta simbólica, fue un mensaje: no seremos otra colonia, no seremos otra víctima. Irán, con sus complejidades internas y su historia de sanciones y bloqueos, ha aprendido a sobrevivir, resistir y responder.
TRUMP Y EL SÍNDROME DE VIETNAM
Pero, ¿por qué insistir en confrontar con Irán? ¿Por qué volver a tensar la cuerda con una nación que, como Vietnam, ha demostrado que no se doblega?
La respuesta es simple: miedo. Trump teme repetir el fiasco de Vietnam, pero con su soberbia lo está provocando. La historia se le aparece como un espejo que lo persigue: otro país asiático, otra potencia que no se arrodilla, otro pueblo dispuesto a pagar el precio de la resistencia.
Lo que Trump no entiende, o no quiere entender, es que los pueblos no olvidan. Vietnam supo convertir su dolor en dignidad. Y hoy, Irán hace lo mismo. Las heridas que deja una guerra de ocupación no sanan con discursos, ni con “truths” en redes sociales.
El pueblo iraní sabe que lo que está en juego no es un simple conflicto diplomático, sino el derecho a existir sin ser pisoteado.
En su desesperación por no repetir la historia, Trump la está copiando. Cree que con propaganda y espectáculo puede evitar otra derrota. Pero los hechos son tercos. La guerra de Vietnam fue ganada no solo con fusiles, sino con voluntad. La misma que hoy late en las calles de Teherán.
DOS NACIONES, UNA LECCIÓN
Lo que une a Vietnam e Irán no es la ideología, ni siquiera la geografía. Lo que los une es haber enfrentado al mismo enemigo y haber entendido que rendirse no era una opción.
Ambos países se vieron atrapados en la lógica bélica de Estados Unidos y decidieron romper el guion. Pese al precio. Pese al aislamiento. Pese al dolor.
En Vietnam, el pueblo fue arrasado, pero nunca vencido. En Irán, se vive bajo amenaza constante, pero la dignidad no ha sido derrotada.
Estados Unidos no puede tolerar eso. Porque su hegemonía se basa en la obediencia, no en la resistencia. Por eso teme tanto a Irán. Porque sabe que es un nuevo Vietnam. Porque sabe que puede volver a perder.
Trump, entre bendiciones y mentiras, ha dejado claro que no busca la paz. Busca controlar. Y cuando no puede hacerlo, recurre a la guerra, al chantaje, a la distorsión. Pero ya no estamos en 1965. El mundo ha cambiado. Las cámaras están encendidas. La opinión pública no es ciega. Y los pueblos ya no se tragan el discurso de salvación estadounidense.
LA HISTORIA NO SE BORRA
La guerra de Vietnam fue la gran cicatriz de Estados Unidos. Una herida que nunca sanó del todo. Hoy, Irán se convierte en el nuevo campo de batalla, en el nuevo espejo del fracaso imperial. Y aunque Trump grite en redes que ha logrado la paz, la realidad le devuelve el eco de su mentira.
Vietnam resistió. Irán resiste. Y con cada bomba que cae sobre su territorio, nace un nuevo motivo para luchar. No es odio. Es memoria. Es dignidad. Es historia.
Porque cuando un pueblo decide no dejarse humillar, ni todo el poder del imperio puede torcer su destino.
