DONALD VILLAVICENCIO: “LOS COBIJEÑOS SOMOS UNA GRAN MISCELÁNEA”

Sep 27, 2026

El escritor pandino habla de Cobija desde sus recuerdos, las voces que escuchó durante años y las historias que convirtió en novelas para preservar una ciudad que cambia.


Para Donald Villavicencio Becerra, escribir sobre Cobija significó sentarse a escuchar. No solamente a leer documentos o buscar nombres en viejos registros, sino conversar con personas que todavía conservaban en la memoria escenas de una ciudad que ya había comenzado a desaparecer. De esas conversaciones nació La ciudad de los mangos, una novela costumbrista que reconstruye parte de la vida cobijeña de las primeras décadas del siglo XX.
Durante la entrevista en MARCO SIN FILTRO, el escritor dejó claro que detrás de la novela existe un trabajo que comenzó mucho antes de sentarse frente a una hoja en blanco. Fueron aproximadamente dos años de entrevistas y otro año dedicado a escribir, revisar y darle forma a una historia que mezcla ficción con recuerdos, testimonios y acontecimientos que Villavicencio consiguió reconstruir.
“No es escribir para uno, es escribir para todos”, fue una de las ideas que marcó la conversación sobre la literatura y la responsabilidad de hacer que una historia pueda ser comprendida por quienes no la vivieron.
“LA INFORMACIÓN ESCRITA FUE LO QUE MÁS ME COMPLICÓ”
Villavicencio no presenta La ciudad de los mangos como una simple novela sobre el pasado. Explicó que uno de sus mayores problemas fue encontrar información confiable sobre aquella Cobija.
“Al comienzo, la información escrita, tuve que luchar muchísimo para conseguir información fidedigna”, relató.
Por eso recurrió a quienes podían contar lo que habían visto o escuchado de sus padres y abuelos. Entrevistó a personas de 85, 90 años o más, buscando reconstruir una época que ya no podía ser observada directamente.
Y no tomó cada relato como una verdad automática.
“Lo que pasa es que se hizo como un… como que cerní la información”, explicó. Si varias personas coincidían en un mismo dato, ese elemento podía ser incorporado. Si diez testimonios coincidían sobre una persona, un lugar o una costumbre, la coincidencia adquiría un peso especial. Lo que no encontraba respaldo en otros relatos, quedaba fuera.
Ese procedimiento también le permitió reconocer las limitaciones de su investigación. Algunas familias no quisieron abrirle sus puertas. Otras requirieron varias visitas antes de aceptar conversar. Parte de las entrevistas quedaron grabadas en audio y algunas fotografías terminaron formando parte del material utilizado durante la presentación del libro.
EL MANGO QUE TERMINÓ DANDO NOMBRE A UNA CIUDAD LITERARIA
La portada de La ciudad de los mangos tiene un significado particular para Villavicencio. La fotografía muestra uno de los árboles antiguos que todavía se encuentran en la plaza del Estudiante.
“Este árbol de mango es el árbol que se encuentra en la plaza del Estudiante”, explicó. Para el escritor, no se trata simplemente de una imagen bonita para una portada. Representa una presencia que acompañó durante décadas a los habitantes de Cobija.
El nombre de la novela nació precisamente de esa relación.
“Cuando se fundó la ciudad de Cobija, toda esta área era un área llena de mangales, o sea, de plantas de mango”, contó.
Según su recuerdo, esos árboles también estaban presentes en la actual plaza principal y en distintos sectores de la ciudad. Y esa presencia no quedó únicamente en las generaciones antiguas.
Villavicencio recordó su propia infancia durante los años 70 y 80: “A la calle que fueras encontrabas mango, y todavía encuentras”.
El mango, entonces, no es únicamente un elemento decorativo dentro de la novela. Es parte de la memoria personal del escritor.
UNA FICCIÓN PARA ENTRAR EN UNA COBIJA QUE YA NO EXISTE
La manera de regresar al pasado es completamente literaria.
Villavicencio creó a un niño que enferma y entra en coma. Desde allí puede regresar a distintas décadas y observar personas, familias y acontecimientos como si estuviera presente en ellos.
“La ficción es el hecho de que el niño se enferma, entra en coma y puede volver”, explicó.
Pero una vez que el personaje entra en ese mundo, buena parte de lo que encuentra tiene como punto de partida los testimonios que el escritor fue recogiendo.
Uno de los episodios que más lo marcó fue la partida de los jóvenes que fueron a la Guerra del Chaco.
Villavicencio recordó especialmente al señor Valenzuela, quien había presenciado aquella escena cuando tenía aproximadamente siete años.
“Fue muy emocionante para mí, muy emotiva”, dijo al recordar ese pasaje.
También recurrió a otros testimonios, entre ellos el de la profesora Olga y los recuerdos que conservaba de su propia abuela.
La memoria familiar fue, en su caso, una de las puertas para comenzar la búsqueda. “Yo tenía esa información ya en la mente y fui atrás de ella”, explicó.
“LOS COBIJEÑOS SOMOS UNA MISCELÁNEA”
Si hay una idea que Villavicencio repitió durante la entrevista es que Cobija no puede entenderse desde una sola raíz.
“Los cobijeños somos diferentes, no porque queremos, sino porque realmente somos una miscelánea”, sostuvo.
En su reconstrucción aparecen familias llegadas de distintas regiones de Bolivia y también comunidades de origen extranjero. Habló de portugueses, libaneses, españoles, italianos y japoneses, además de cruceños, paceños, cochabambinos y benianos.
Entre los apellidos de origen libanés mencionó a los Elías, Farah, Arab.
Para Villavicencio, esa mezcla explica parte de la identidad que reconoce en los habitantes de Cobija. Incluso su propia familia forma parte de esa historia: relató que sus bisabuelos tenían ascendencia paraguaya y cruceña y que ya se encontraban vinculados a la región del Acre antes de la fundación de la ciudad.
“Antes de ser pandinos fuimos cobijeños”, afirmó al explicar por qué suele identificarse primero como cobijeño.
UNA CIUDAD QUE RECUERDA SU PROPIA HISTORIA
El escritor también habló de una Cobija que, según sus investigaciones y testimonios, tuvo una actividad económica y social muy distinta a la actual.
Recordó que durante determinados periodos circularon libras esterlinas, existió un casino y llegaron visitantes y empresarios de distintos lugares. También mencionó la presencia de servicios como agua por cañería y electricidad.
Aquella ciudad, dijo, llegó a recibir personas procedentes de Perú, Brasil y Europa.
Villavicencio recuperó incluso una descripción periodística de la época que comparaba a Cobija con un pueblo suizo por su organización y limpieza.
Pero la mirada del escritor no se queda en la nostalgia.
Cuando se le preguntó por la Cobija actual, habló de generaciones que consiguieron formarse profesionalmente pese a las dificultades y de una ciudad que continúa creciendo.
“Creo que se ha conseguido, y ahora Cobija es una ciudad pujante que, pese a todas las dificultades, empuja, empuja y va para adelante”, afirmó.
DE LOS RECUERDOS DE SU MADRE A CUENTOS DE PAPÁ
La literatura de Villavicencio también nació en su propia casa.
Su segundo libro, Cuentos de Papá, reúne relatos que tienen una raíz familiar. Recordó que su madre acostumbraba inventarle historias antes de dormir.
“Ella no me leía, ella se inventaba los cuentos”, contó.
Años después, Villavicencio repitió aquella costumbre con sus cuatro hijos, dos mujeres y dos varones. Algunas noches tenía que inventar las historias; otras veces recurría a relatos que ya conocía.
Esa experiencia terminó convirtiéndose en otro libro.
Varias historias están ambientadas en Cobija y recuperan leyendas locales. Entre ellas aparece La Dama de la Medianoche, situada en el antiguo Puente Azul, donde, según el relato, una mujer convertida en aparición se presentaba durante las noches de luna llena.
También adaptó a su propia ciudad la historia del Hombre sin Cabeza y otros relatos vinculados con lugares concretos de Cobija.
“Siempre son en Cobija”, explicó. “Solo uno no es en la ciudad de Cobija”.
ESCRIBIR SIN VIVIR DE LOS LIBROS
Villavicencio reconoce que dedicarse a escribir desde Pando no resulta sencillo.
“Es bastante difícil”, respondió cuando se le preguntó qué significa ser escritor en Cobija.
El tiempo y el dinero son dos obstáculos. Investigar requiere meses o años; publicar también demanda recursos. Y, según señaló, no existe un respaldo institucional permanente para quienes producen literatura en la región.
A pesar de ello, La ciudad de los mangos ya tuvo dos ediciones vendidas y Cuentos de Papá comenzó a circular entre lectores.
El escritor destacó además que sus libros ya son utilizados en algunos colegios de Cobija. Para él, esa llegada a los estudiantes representa una oportunidad para que las nuevas generaciones puedan acercarse a las historias de la ciudad desde personajes, lugares y situaciones reconocibles.
Su intención con La ciudad de los mangos quedó resumida en una frase que pronunció durante la entrevista: “El objetivo de escribir La ciudad de los mangos fue justamente eso, que quede plasmada todas esas vivencias que se dieron en esa época”.
Los libros pueden encontrarse en la librería Alfa y Omega de Cobija y también mediante el contacto directo con el autor a través de sus redes sociales.